line decor
line decor
   

 

VII Certamen de Relato Corto.

Santander, 2006

GERANIOS ROJOS

 

I.- Daniel (Páginas 13 y 14)

 

“... en la destiladera las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye, oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado...”

 

Daniel vuelve a la primera página del libro y acaricia lentamente un texto manuscrito, desgastado por el paso del tiempo y de sus manos. Es breve y rotundo: “gracias por existir”. La firma ilegible y el trazo adolescente. Se quita las gafas y deja caer su cuerpo sobre el respaldo de la silla giratoria. Se siente en el centro de una espiral que le conduce una y otra vez al mismo abismo. El libro queda sobre la mesa. Él sigue dentro, sumergido en espectrales sensaciones que le transportan a un lugar recurrente, habitado por cíclicas sacudidas. Siempre le perturba el mismo escenario, los mismos sabores: una calle ruidosa, un día radiante, una muchacha y un muchacho jóvenes, desafiantes, seguros de sus impulsos, habitados por fantasmas, avanzan tomados de la mano hasta desaparecer en la penumbra. De pronto, su expresión adquiere un tinte amargo, húmedo, desbordado. Sacude la cabeza y abre los ojos. Su ayudante acaba de entrar en el despacho.

 

El respetado profesor de Lengua y Cultura de la Universidad Autónoma del Estado de México, rastrea el despacho sorprendido, tarda unos segundos en estar de vuelta a una realidad querida que, sin embargo, no es la que necesita en esos momentos. Fija su vista, ausente, en la mujer que le informa sobre temas burocráticos, llamadas, mensajes, notas,... De entre todo el hilado de noticias, Daniel presta atención a una, la llamada de España. Una mujer interesándose por su conferencia en el Círculo de Bellas Artes. Se comunicará más tarde por mail.

 

Automáticamente, se sienta ante el ordenador y mira el correo. Una interminable lista de mensajes abarrotan la bandeja de entrada, confirmación inequívoca de que la burocracia universitaria es cada vez más agobiante.