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XI / Tú y yo

Se abría la pared,

cada mañana se abría la pared

y se movía

el dolor en los huesos de la tarde.

 

Era una forma extraña de buscarnos

jugando al escondite por la casa.

 

Tus manos rodeando mi cintura

y mi sexo

y mi vientre

y el horizonte entero

pegado en un paisaje interminable.

 

Éramos dos fantasmas

agitando los cuerpos,

enredando los días y las bocas.

 

La voz era un silencio estremecido

y la piel un conjuro a mar abierto.

 

XXXI / Madre

Tiene las manos frías y en los ojos

la luz se ha detenido,

no late el corazón y es nácar puro

su piel color de rosa.

 

Los síntomas son claros,

pero yo me resisto a descifrar

el último acertijo que la vida

ha puesto en sus pestañas.

 

Doy vueltas y más vueltas cada noche

a las palabras últimas

repletas de caricias,

esas que sólo dicen quienes saben

lo que hay que saber:

aprende del amor, pequeña mía.

 

 

XXXII

No pediré perdón por ser yo misma,

por dejarme morir a media tarde

al cruzar el semáforo del miedo,

por aprender idiomas en tus manos

y recitar poemas a escondidas,

cuando nadie nos ve.

 

No pediré perdón por abrazarte

-en los lugares públicos

de silencios privados-

con el pretexto estúpido de ser

dos versos conocidos

que hace tiempo que no se tropezaban

en las olas que lloran las metáforas.

 

No pediré perdón por extrañarte

como extrañan los árboles la lluvia

o los ríos los peces

y las piedras

ruedan ladera abajo con la nieve

en mil bolas de luz.

 

No pediré perdón por ser feliz

entre letras dormidas,

cada vez que te miro y en tus ojos

encuentro reflejado mi universo.